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Por Christian Manzanelli
Hay silencios que aturden más que cualquier escándalo mediático. Hoy, frente a mi pantalla, me detengo a pensar en el vértigo de los últimos años. En el ruido, en los millones de reproducciones, en los estadios llenos y en esa vorágine que nos envolvió a todos. Pero sobre todo, me detengo a pensar en Yao.
Muchos conocen al personaje, al que generaba odios o pasiones con la misma intensidad. Yo conocí al pibe. El que detrás de esa sonrisa inquebrantable que le regalaba a la cámara, escondía una tristeza que solo los que caminamos a su lado pudimos intuir. Porque ser el «campeón», el generador de éxitos número uno de Argentina, tiene un costo que nadie te explica cuando firmás el primer contrato.
Un día, lo miré a los ojos y le dije con total convicción: «Vos tenés que ser un artista internacional». Y lo fuiste, Yao. Rompiste el molde cuando otros todavía estaban en pañales, creaste una industria de la nada, inventaste reglas que hoy todos siguen. Fuiste un visionario, un fuera de serie que supo interpretar el pulso de una generación como nadie. Eso es un hecho, digan lo que digan.
Pero hoy la realidad es otra. Hoy las luces de la fama no están. Hoy no hay flashes, no hay alfombras rojas ni miles de fans gritando tu nombre. Hoy estás en la soledad de la privación de tu libertad, enfrentando quizás el «round» más difícil de tu vida.
Y es en este escenario, donde el show se termina, donde aparecen las verdades más crudas.
Me pregunto: ¿Dónde están hoy todos esos «amigos» del éxito? ¿Dónde quedaron los que se alimentaban de tu brillo y disfrutaban de los privilegios de estar al lado del número uno? El silencio de ellos hoy es ensordecedor. Me duele, pero no me sorprende. La fama es un imán de conveniencias, pero la adversidad es el mejor filtro de la lealtad.
Hoy veo que tu familia es la que está ahí, al pie del cañón, sosteniéndote cuando el mundo te dio la espalda. Y lo valoro inmensamente. Porque a veces, por más doloroso que sea, uno tiene que golpearse y tocar fondo para volver a lo esencial, para entender que el único refugio real son los seres queridos, los que te aman por quien sos y no por lo que generás.
Yo no estoy acá para hacer juicios de valor. No me corresponde. Mi mirada intenta ir más allá de lo que dictan los expedientes o lo que comentan en las redes. Intento entrar en tu parte más humana, en ese Yao que quizás se perdió en su propio personaje. Las peleas mediáticas que tuvimos… hoy me parecen tan pequeñas. Al final del día, fueron solo eso: ruido mediático, parte de un juego que a veces nos devora.
He hablado varias veces con tu mamá y con tus amigos reales para saber cómo estás, porque el cariño que te tengo no se borra con un desencuentro. Te quiero mucho, loco. De corazón. Espero que en este tiempo de encierro y reflexión, logres encontrar esa paz que el éxito nunca te pudo dar. Que la paz de Dios guarde tu corazón y te dé la claridad para resurgir, no como el influencer, sino como el hombre.
Te mando un fuerte abrazo a la distancia. Acá queda el respeto por el camino que caminamos juntos y el deseo sincero de que encuentres tu luz en medio de esta oscuridad.
Dedicado a un creador que, a pesar de todo, dejó una huella imborrable».

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